Iminente, el festival que combina la música con las artes visuales.



de Piertoni Russo.

Un viaje por el arte urbano, bailando en un festival como si estuviéramos en el año 2019, antes de que empezara la pandemia más nefasta de las última décadas. Estuvimos en Matinha, una zona industrial de la periferia de Lisboa, donde del 7 al 10 de octubre tuvo lugar el Festival Iminente, un evento que une música, artes visuales, performance y talleres artísticos, organizado con la colaboración del grafitero y artista urbano Alexandre Farto, alias Vhils, y de la plataforma cultural Underdogs, que tiene su sede y galería de arte en Lisboa.

Cuatro días de diversión, para vincular la música a las artes visuales, y para olvidar el virus que nos está atormentando. En un primer momento, el festival estaba planeado para finales de septiembre, pero se decidió aplazarlo por la situación sanitaria, de manera que pudiese tener lugar bajo un protocolo sanitario más suave, sin estar sujetos a demasiadas restricciones. Y fue un completo éxito. La baja incidencia de contagios y un nuevo escenario sanitario que consentía volver a la casi normalidad, permitieron a los asistentes acudir al festival prácticamente sin mascarilla y sin alguna distancia de seguridad. La mascarilla desaparecía automáticamente después de los controles de seguridad, en las entradas del recinto, y era casi imposible de encontrar en el área del festival.

En los tres escenarios donde se sucedeban los artistas, la gente bailó sin parar, en un alternarse de música balcánica, hip hop, rap y electro. Desde el rock alternativo de matriz balcánica del director de cine Emir Kusturica y The No Smocking Orchestra, pasando por la rapper portuguesa Nenny, o el compositor Jorge Palma o el músico electrónico mexicano Silverio, el amo de la provocación y de los escándalos.

Y fue una gozada bailar entre las pintadas de artistas urbanos como el valenciano Escif, o los portugueses Pedro Podre, Obey SKTR, Exas, Mariana a Miserável y Raquel Belli -entre otros- que decoraron con sus creaciones las paredes del festival.

Los casi 3000 asistentes diarios, en una mezcla de culturas que nos recuerda la increíble riqueza de la diversidad, se dejó llevar cautivada por esta enorme cantidad de propuestas culturales, y participó activamente en las actividades que se desarrollaron a lo largo de estas cuatro jornadas, como la manta comunitaria, el breaking o patinar en las dos pistas de skate colocadas a pocos metros del escenario principal.

La música y arte llenaron las noches de Lisboa. Una revancha para una generación que no se ha rendido ante una emergencia sanitaria que la ha obligado a renunciar a una parte de los mejores años de su vida.